Para el humanismo el hombre no es
un ser esclavo de sus instintos e ideas reprimidas, como lo hace ver el
psicoanálisis, ni una máquina programable desde el entorno que los conductistas puedan
manipular. Para la Psicología Humanista el hombre es
libre, auto determinado; su comportamiento y su visión del mundo son altamente
subjetivos e importan en la terapia. El sujeto visto por un humanista es
esencialmente bueno y se desarrolla gracias a su afán de realización.
Como toda corriente psicológica,
el humanismo no solo tiene una concepción teórica sobre lo que le rodea, sino
que, partiendo de ese marco explicativo, crea métodos terapéuticos orientados a
aliviar a sus clientes. Porque sí, para el humanismo la persona que acude a un
terapeuta no es un paciente, sino un cliente con el que se relacionará casi de
igual a igual. Varias son las terapias surgidas de la Psicología Humanista,
como la terapia
centrada en la persona de Carl Rogers y otras no directamente humanistas, pero sí inspiradas
en este paradigma, como la terapia gestáltica y las que surgen desde la
psicología positiva. En la actualidad, el famoso coaching bebe directamente del
humanismo.
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